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La Soledad Femenina en la Escritura de Schweblin

«Entonces ella reparó en los huevos, todavía estaban ahí frente a ella. Agarró el tenedor y probó un bocado, y luego otro, y otro. Tuvo que terminarse el plato para comprender el hambre que tenía. Tanta hambre que se preguntó si acaso no habría más cosas en su heladera que pudiera comer, y le sorprendió darse cuenta de que, sin siquiera proponérselo, ya estaba otra vez de pie».

Samanta Schweblin, «El buen mal».

Volver a comer, regresar a lo primordial del cuerpo, digerir, saberse y reconocerse en la vida y su persistencia, cortarse del árbol familiar desde cada una de las ramas, desde la raíz, desde el tronco, las hojas, las flores y claro que los frutos.

El oxímoron del nombre escapa de la retórica para concentrarse en el significante, palabra tras palabra se crea un tejido precioso con el cual abrigarse: la piel.

Una mirada lejana y perdida se vuelve una enfocada, un regreso perenne a la salud.

La soledad femenina no comprende y tampoco abarca: Samanta Schweblin escribe y de ese modo acompaña.

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