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Beber para vivir

🌭 Diario del Festival — Perro coreano

Después de la red ale, lo que siguió fue puro instinto:
un perro coreano recién salido, crujiente, caliente, con esa mezcla caótica que solo funciona cuando tienes hambre, música y una cerveza todavía vibrando en la garganta.

Catsup.
Sriracha.
Mostaza.
Tres líneas rápidas que parecen una firma, un trazo sin pensar.
El pan suave, casi dulce; la salchicha haciendo clic al primer mordisco;
y ese golpe picante que despierta el cuerpo como si dijera: sí, todavía estamos vivos.

Lo como de pie, entre risas, ruido, pasos, luces.
La salsa se escurre un poco por mis dedos
y no me importa — nada en un festival se come perfecto,
solo se come con ganas.

El perro coreano no es elegante,
no es solemne,
no es una experiencia trascendental.
Es algo mejor:
es el bocado exacto que necesitaba para seguir avanzando.

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