Hay días en que la ciudad se siente más viva que de costumbre. No porque cambie el clima o porque algo extraordinario suceda, sino porque, sin avisar, el comercio decide desbordarse y tomar las calles. Tepic tiene ese pulso: discreto, cálido, casi doméstico. Pero basta con caminar un par de cuadras para descubrir que la economía también respira al aire libre.
Lo ves en los puestos improvisados que aparecen como si siempre hubieran estado ahí. En las manos que acomodan fruta fresca, en la mujer que ofrece ropa doblada con un cuidado que parece cariño, en los hombres que levantan lonas azuladas para inventarse una sombra donde no la hay. El comercio en Tepic no espera. Se despliega, se extiende, se adapta. Se vuelve calle.
Y uno, al caminar, también se vuelve parte de esa marea. Escucha el rumor de las voces, el roce del dinero, los “¿qué va a llevar, güerita?”, los aromas dulces y salados que se mezclan con el polvo de la tarde. Hay algo profundamente humano en esa forma de existir: sin vitrinas, sin protocolos, sin distancia. Solo personas sosteniendo la vida cotidiana con lo que tienen entre manos.
A veces pensamos que la ciudad se construye desde arriba: desde los edificios, los parques, las decisiones políticas. Pero basta mirar un tianguis espontáneo para entender que la identidad de Tepic se levanta desde abajo, desde el esfuerzo diario de quienes han hecho de la calle su espacio de trabajo y de resistencia. No es solo comercio: es comunidad. Es ritmo. Es memoria.
Hoy, mientras los puestos florecían como si fueran parte natural del paisaje, sentí que Tepic hablaba con voz propia. Que aquello que vendemos y compramos también cuenta quiénes somos.
Y quiénes seguimos siendo, a pesar de todo.
