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LALA

Junk journal mínimo hecho de un litro y una memoria

Hay materiales que no se buscan: llegan con la misma naturalidad con la que la leche se sirve en un vaso. El cartón de LALA, litro completo, se convirtió en mi cuaderno más pequeño y más maternal. No por su tamaño, sino por la forma en que lo abrí y lo volví a cerrar: la solapa vuelta tapa, y el nombre del producto asomando como si fuera un apellido heredado.

Es un junk journal de dos piezas.
Apenas dos.
Lo suficiente para recordar que también lo materno se construye así: con mínimos restos, con lo que queda en la mesa después del desayuno, con lo que nadie imaginaría que puede convertirse en refugio.

El cartón, lavado con cuidado, se volvió piel.
La tipografía roja —LALA— latió como un corazón doméstico.
La forma rectangular se transformó en una casa improvisada.
Y la unión, hecha con Scotch Tape de la mejor calidad, fue casi un gesto de fe: sellar algo frágil para que dure un poco más.

No escribí mucho dentro.
No hacía falta.
El journal habla por sí mismo: es la evocación de una madre que alimenta sin pedir aplausos, que sostiene sin nombre propio, que hace hogar incluso con materiales ordinarios. Es el eco de todas las cocinas donde la vida empezó temprano, con olor a leche tibia y luz sesgada por una ventana.

Mi LALA no es un cuaderno, es una reliquia de lo íntimo.
Una cajita vacía que aún conserva su función primera: nutrir.
Una estructura mínima que recuerda que el origen también cabe en dos piezas de cartón bien unidas.

Un hogar improvisado.
Un litro de memoria.
Un journal que no pide permiso para ser tierno.

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