Acuarela de cuatro flores
Pinté cuatro amapás como quien cuenta respiraciones.
Una por cada latido que regresa al cuerpo cuando se detiene lo demás.
El agua hizo lo suyo: abrió el color, lo dejó correr, lo permitió.
No hubo control total, solo una guía suave, como cuando una aprende a no interrumpir lo vivo.
Las flores aparecieron sin esfuerzo rígido.
Rosas, abiertas, ligeras.
Sostenidas apenas por el papel, como si en cualquier momento pudieran irse.
Naturaleza [¡viva!] no es una afirmación ingenua, es un pequeño asombro:
lo vivo sigue, incluso en lo mínimo, incluso en lo repetido, incluso en lo que parece decorativo.
Cuatro amapás.
Cuatro formas de decir:
todavía hay suavidad.
todavía hay color.
