No recuerdo exactamente cuándo dejé de odiar rasurarme.
Solo sé que ahora lo hago en silencio, sin apuro, con la puerta cerrada y una toalla vieja en los pies.
Una escena doméstica que, si me ves desde afuera, no parece nada.
Pero desde dentro, es casi un poema.
Mi Venus —rosada, de mango grueso, con banda lubricante que huele a algo entre lavanda y promesa— no es sólo una rasuradora.
Es una coreógrafa de movimientos lentos, una herramienta de reconciliación.
Rasurarme a los cuarenta y tantos no tiene nada que ver con “estar lista”.
Estoy lista siempre.
Esto no lo hago para alguien más.
Lo hago para que mi piel se acuerde que me pertenezco.
Deslizar la Venus sobre la pierna mojada es como decirme al oído:
«te cuido».
Hay un ritmo.
Un ruido leve que corta el pasado en tiras.
Me rasuro con cariño.
Con música bajita, a veces.
Con ganas de tocarme después con crema sin sentir miedo.
Porque sí: antes me daba miedo sentirme suave.
Ahora no.
Ahora dejo que el agua se lleve los fantasmas.
Y cuando la Venus toca la piel,
no sólo corta el vello.
Corta las voces que me dijeron que eso era vanidad,
que eso era sumisión,
que eso no era mío.
Yo decido cuándo.
Yo decido cómo.
Y en ese gesto tan privado,
soy otra vez mía.
