La encontré doblada en la silla, como si hubiera esperado toda la semana a que la volviera a mirar.
No es nueva, pero tiene la suavidad exacta de lo vivido.
La pongo sobre los hombros y el día cambia de tono, como cuando baja el volumen en medio de una escena y sólo se oye la respiración.
La capucha cae despacio, cubre un poco el cuello; el cierre sube hasta la barbilla, y siento que me vuelvo mi propio refugio.
Hay algo en esa tela que entiende mis silencios: el frío sin dramatismo, las ganas de quedarme quieta, el peso del cuerpo al final del día.
La sudadera huele a casa, a café, a alguien que ya no está pero que alguna vez me abrazó con la misma tibieza.
No es nostalgia —es abrigo emocional.
El tipo de ropa que no se usa para verse bien, sino para seguir siendo.
A veces la llevo a la calle y siento que llevo mi guarida conmigo.
El bolsillo guarda llaves, servilletas, trozos de días.
Todo lo que cabe en el gesto de meterse las manos y no decir nada.
Esta sudadera sabe cosas que no cuento.
Y, aun así, me las calla con ternura.
