A veces lo único que necesito es un plato que me devuelva la calma.
Y eso fue exactamente este fussilli: una receta rápida, pero con la atención puesta en los detalles pequeños, esos que hacen que el día sepa mejor.
Puse a hervir agua con un poco de sal rosada y dejé caer la pasta cuando ya estaba burbujeando. Mientras tanto, en una sartén aparte, el tocino comenzó a rendirse: crujiente, con ese olor que parece hogar.
Cuando la pasta estuvo al dente, la escurrí dejando un poco del agua de cocción. En la misma sartén donde quedó la grasa del tocino, pasé el fussilli, agregué un chorrito de aceite de oliva, las hojuelas de chile y una lluvia generosa de parmesano. Todo se mezcló hasta volverse una trenza de sabores: salado, picante, cremoso, cálido.
Lo serví sin más historia.
Solo un plato lleno, el sonido del queso derritiéndose, y la sensación de que todo está —por unos minutos— en su sitio.
