Hay cremas que humectan
y hay cremas que te regresan al cuerpo.
La Soft Milk de NIVEA hace eso conmigo:
me trae de vuelta.
La abro y el aroma es una especie de calma tibia,
como si la piel reconociera algo familiar.
No es perfume:
es presencia.
La textura, espesa pero suave,
se desliza con esa lentitud que solo tienen las cosas que cuidan.
Una leche densa, casi maternal,
que se acomoda en la piel sin prisa, sin ruido,
sin ese brillo falso que prometen algunas marcas.
Me la pongo después de la ducha
y siento cómo se estira la tarde,
cómo los hombros sueltan tensión,
cómo las piernas recuerdan que también merecen atención.
Mi piel, que a veces despierta cansada,
respira distinto con esta crema:
más plena, más contenida.
A mis cuarenta, hidratar ya no es vanidad:
es sostén.
Es ritual.
Es la forma en que me digo “aquí estoy”.
La Soft Milk queda en la superficie el tiempo justo
para que el día se acomode,
y luego desaparece
como si se integrara de verdad.
Es una crema que no promete milagros:
los cumple.
Deja la piel suave,
con un tacto que se queda.
NIVEA Soft Milk no es un producto.
Es una forma de volverme a tocar con cariño.
