Compré mi Spalding y, sin exagerar, sentí que estaba firmando un acuerdo con mi infancia.
No era solo un balón.
Era una conversación pendiente.
De niña miraba el basketball con fascinación: el sonido del bote contra el piso, la red moviéndose apenas, la sensación de pertenecer a un juego que parecía libertad pura. No siempre tuve el espacio, ni el momento, ni quizá la convicción para hacerlo mío. Y los sueños pequeños, cuando no se atienden, no desaparecen: se quedan botando en silencio dentro del pecho.
Hoy lo entendí.
Comprar esa pelota fue un gesto mínimo y enorme a la vez. Nadie me prohibió jugar. Simplemente crecí, me ocupé, postergué. La adultez tiene esa habilidad: desplaza lo que no parece urgente.
Pero hay algo profundamente reparador en decidir, a esta edad, empezar.
No juego por competencia.
No juego por medallas.
Juego porque quiero honrar a la niña que miraba la cancha con deseo.
El deporte en la adultez no siempre es rendimiento; a veces es reconciliación. Es decirte: todavía puedes aprender. Todavía puedes intentar. Todavía puedes caer y levantarte sin que eso signifique fracaso.
Botar la pelota contra el suelo fue escuchar un eco antiguo.
Como si el piso respondiera: aquí estás.
Nunca es tarde para empezar algo que siempre fue tuyo.
— Briseida Alcalá
