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Phantom Thread

Reynolds, un afamado diseñador de modas, encuentra en Alma, una mesera de pueblo, la candidata última en una larga fila de parejas intercambiables y desechables. 

Dominante e impositivo, Reynolds se declara desde el principio de la relación fascinado y también consciente de su eventual desapego, sin consideración ni interés por los deseos ajenos. Alma, sin saberse la próxima aspirante a la única vacante disponible en una vida impermeable a resquicios, se entrega creyéndose en una relación igualitaria que la somete a un mundo desconocido e intrigante.

Un planteamiento largo introduce y asienta a los personajes para ir de a poco revelando sus matices. De las suposiciones iniciales se parte a encuentros desagradables, con diálogos espléndidos, que exudan una realidad palpable al espectador que desconoce el escenario pero se reconoce en sus protagonistas.

Alma presenta la desventaja de su género, expectante lienzo en blanco para el espíritu creador (no en balde una larga secuencia la muestra siendo medida y vestida), que suma las expectativas y roles de una relación, y quien vulnerable y en apariencia ordinaria despliega una inmensa paciencia para concebir necesidades que la revelan imprescindible mitad de la dependencia y que Vicky Krieps muestra con  todos los matices de la inocencia al cálculo.

Rodeado de mujeres, Reynolds construye su imperio personal sobre un hermetismo controlado que vuelve las relaciones sentimentales desechables e intercambiables para compensar la carencia y fijación por la madre muerta. Cyril, otro personaje espléndido, es su hermana convertida en madre, compañera, socia, igual y rival que en la piel de Lesley Manville es por igual escalofriante, como compasiva.

El diseño de arte es por supuesto impecable, con hábitos y manías tomando forma en una rutina de precisión relojera en el que cada detalle es cuidado para atender necesidades. El score compuesto por Jonny Greenwood calza a la perfección, lacónico, elegante, desperdigado, llegando a suplantar en escenas particularmente poderosas al diálogo. 

Crear es siempre destruir y viceversa, así, entre los protagonsitas se establece un proceso encontrado de producción y gestación de una versión del otro tolerable o ajustado a sus expectativas. Ir, venir, perderse, rehuirse, encontrarse; dos espléndidas secuencias los mueran sentados a la mesa, en una intimidad forzada, que los encuentra extraños, luego adversarios, finalmente reconocidos. Imperdible. 

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