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Primero sueño

El “papelillo” que Sor Juana menciona como de paso en su carta a San Filotea es el poema monumental que recoge su portentoso recorrido por la opacidad nocturna.

Piramidal es la primera palabra del texto, alusión inicial a la noche como el rito diario que somete a todas las criaturas a un simulacro de muerte. El ruido es sacrílego, el silencio sagrado. Ni un murmullo es permitido para quebrantar el sosiego. Sólo la respiración es constante. El aliento de a poco se agota, cada exhalar lo roba.

Con el ritmo la poeta pondera la calma que impera en su recorrido por el lúgubre hemisferio, aludiendo también a la acepción doble del sueño, la somática y la espiritual. Todos duermen y todos reposan, mientras se abre el portal de ese otro mundo.

La oscuridad es morada de deidades oscuras y personajes mitológicos de aciago destino. La inmensidad no se agota y oscura y absoluta Nox reclama su potestad sobre lo eterno y lo efímero, con la supremacía original que hasta Zeus teme.

Sor Juana ejerce el albedrío para apropiar la singularidad que nadie es capaz de restringir, el inconsciente. La oscuridad la ilumina y desde esa bellísima metáfora explora la otredad que la sombra representa. Sin ser ave posee alas, igual que la desdichada Nictimene, y como ellas, reposa pero nunca por entero descansa. Libre de ataduras terrenales, su pluma, guiada por su imaginación vuela, a pesar de conocer la desdicha que por ventura espera al deseo vano por alcanzar el cielo. 

Privado de la luz, su ojo hace algo más que ver, equiparado al privilegio del ciego: penetrar la oscuridad, para volver diáfano lo opaco. No la dejen ir.

 

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